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La tragedia de uno frente a la de muchos

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El asesinato de George Floyd, un ciudadano estadounidense negro de 46 años, la semana pasada en Minnesota cuando era detenido por la policía ha sacado a la calle en Estados Unidos (y en otros países) a cientos de miles de personas para protestar contra el racismo y la brutalidad policial, además de inspirar campañas en redes sociales como Twitter e Instagram con el lema #BlackLivesMatter.

Las estadísticas de asesinatos de ciudadanos negros en Estados Unidos por parte de la policía son increíblemente elevadas desde hace años:

-Los ciudadanos negros tienen casi 3 veces más probabilidades de morir a manos de la policía que los ciudadanos blancos.
-En 2019, el 24% de los muertos por la policía en Estados Unidos fueron ciudadanos negros (que son el 13% de la población).
-En el 99% de los casos no se presentaron cargos contra los policías implicados.

Pero ¿por qué la muerte de George Floyd ha provocado estas protestas tan numerosas y no los muchos asesinados anteriores? Una razón puede ser el hartazgo, pero ¿hay algo más? En Por qué creemos en mierdasRamón Nogueras analiza las razones por las que un individuo se convierte en símbolo y provoca que reaccionemos, mientras que, en otras ocasiones, la escala de ciertas tragedias parece que nos lleva a la inacción más que a hacer algo.

A continuación podéis leer el apartado correspondiente de su libro dedicado a estas conductas:

La tragedia de uno frente a la de muchos

Paul Slovic, un profesor de la Universidad de Oregón, ha acuñado el término entumecimiento psicológico para describir cómo la escala de ciertas tragedias parece que nos lleva a la inacción más que a hacer algo.

A Slovic le llama mucho la atención cómo a menudo nos movilizamos cuando se nos presenta el caso de un individuo concreto, pero nos mostramos indiferentes ante el sufrimiento de millones. Esto se reflejaba muy bien en la frase atribuida a Stalin: «Un hombre muerto es una desgracia. Un millón de muertos es una estadística».

Slovic puso a prueba esta idea con una serie de experimentos en los que pedía a los sujetos que donaran dinero para ayudar a críos en África Occidental. Uno de los grupos recibía una petición para ayudar a una niña de siete años llamada Rokia. A otro de los grupos se les pedía que donara para «ayudar a millones de niños». Al tercer grupo se le pidió que ayudara a Rokia, pero además se le proporcionó información estadística para que entendieran mejor la situación del país donde vivía.

Como cabía esperar, el primer grupo donó el doble de lo que donó el segundo. Lo que es más preocupante es que, en el tercero, tener información sobre la situación del país y el hambre en África disminuyó la conducta de donar para ayudar a Rokia (Kristof, 2009).

De hecho, no hace falta añadir a millones de víctimas para insensibilizarnos. Añadir un solo niño es suficiente. En otro experimento se pidió a un grupo que donara para ayudar a Rokia y, a otro, para ayudar a un chico llamado Moussa. Ambos grupos donaron generosamente. Pero cuando se pedía a los sujetos que donaran a ambos, poniendo sus fotos juntas, las donaciones disminuían. Tal y como lo describía Slovic: «Cuantos más mueren, menos nos importan».

En España hemos tenido un ejemplo reciente de este tipo de conductas. En el Mediterráneo han muerto centenares de refugiados que tratan de alcanzar Europa huyendo de distintos conflictos. Muchas ONG y organismos dedicados a la ayuda internacional han publicado montones de informaciones sobre cuántas personas han muerto, cuántas se están desplazando… enormes números de una tragedia inmensa. Y, sin embargo, uno de los momentos de más impacto vino con la publicación de la foto de un niño de tres años, muerto, tumbado bocabajo en una playa, vestido con la ropa normal de un niño occidental. El rostro del niño está vuelto y no lo vemos. Podría estar dormido sobre la arena húmeda. El niño se llamaba Aylan Kurdi. Muchísimos de nosotros nos sentimos sobrecogidos. Esa imagen provocó una reacción superior a la que los datos habían producido, porque ese niño tenía nombre y una historia. No era una estadística.

Respondemos mucho más a la emoción que a los hechos. Y, a estas alturas de la película, no te sorprenderá que te diga que las emociones negativas tienen un efecto más potente. Las expresiones faciales tristes producen donaciones mayores que las expresiones neutrales o felices. Los investigadores sugieren que es una simple cuestión de empatía o contagio emocional (Small & Verrochi, 2009).

Usamos un proceso diferente para juzgar situaciones particulares en vez de casos generales, de uno contra muchos. Valoramos de un modo más emocional las necesidades individuales, mientras que las colectivas nos parece que precisan de más reflexión (y, cuando reflexionamos, a menudo no actuamos). Cuanta menos deliberación, mayores son las donaciones (Small & Loewenstein, 2003).

Pero la costumbre es mala consejera también. Por eso, las organizaciones deben tener cuidado con no pulsar demasiado el botón de la tristeza. Si usan continuamente esta estrategia, nos habituamos y nuestra respuesta baja. Para poder mantener nuestra participación, debemos tener una sensación de progreso y éxito.

Un experimento mostraba que mucha gente estaría dispuesta a poner dinero para instalar una depuradora de agua que podría salvar cuatro mil quinientas vidas en un campamento de refugiados con once mil personas. Pero estarían menos dispuestas a pagar si en el campamento hay doscientas cincuenta mil. Salvar a una parte proporcionalmente grande de personas es un éxito; salvar a una pequeña parte es un fracaso, aunque haya un número grande de vidas que se salvan. El fracaso no nos gusta. Una clave de la conducta altruista es la recompensa de percibir que nuestro esfuerzo tiene un impacto (Post, 2005).

La emoción negativa influye más a la hora de movilizarnos, como ya hemos visto. Los bulos que circulan por Internet y que nos tragamos con más facilidad tienden a ser bulos que apelan a nuestras emociones negativas: bulos sobre la salud, sobre los inmigrantes, sobre la delincuencia, sobre la economía, sobre la política. Y si son bulos que apelan a la historia de una persona individual en vez de una estadística, mucho mejor.

Este tipo de mecanismo psicológico va algo más allá de los experimentos que hemos descrito o de las metas nobles como recaudar dinero para países pobres. Los políticos usan este tipo de manipulación para movilizar a la gente.

Fragmento de Por qué creemos en mierdas, de Ramón Nogueras.

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